Andrés Vio (Santiago de Chile, 1973) se ganó un espacio dentro de la escena artística nacional a fines de los años 90´s con una obra que combinaba un material tan habitual como el papel de diario —específicamente las hojas de El Mercurio— con el lenguaje del arte geométrico. Aquellas piezas podían presentarse como composiciones bidimensionales o incluso como grandes estructuras habitables. En ellas se entrelazaban referencias al cubismo, al trabajo manual, y a las formas de producción artística instalativa que comenzaban a imponerse en el circuito local, junto a la fotografía y el vídeo.
Su obra siempre ha tenido un fuerte componente artesanal y procesual: un cuidado por el oficio que posteriormente trasladó también al dibujo y la pintura. Tanto en sus primeras series como en sus trabajos más recientes, Vio ha mantenido una investigación constante sobre las relaciones entre forma, material y experiencia temporal. Sus obras exploran las tensiones entre la vida cotidiana y el tiempo, entre la experiencia histórica y los gestos mínimos del día a día.
Desde sus inicios hasta hoy, el núcleo de su reflexión artística no presenta cambios abruptos sino más bien un programa de crecimiento lento, consistente y meticuloso. La conversación que sigue es una oportunidad para conocer, desde su propia voz, el pensamiento detrás de una práctica sostenida en el tiempo.
Andrés, quiero partir preguntándote algo básico… ¿Cómo llegaste al arte?
Yo diría que el arte siempre estuvo presente, pero hubo dos momentos que con los años he reconocido como decisivos.
El primero fue en el colegio, cuando nos enseñaron álgebra. Recuerdo que siempre aprendí las fórmulas de forma visual: los textos no los leía, los veía. Memorizaba las formas, los espacios, las estructuras. Tenía una relación muy visual con el aprendizaje.
El segundo fue también en esa época. Un día llegué al colegio con mi libreta de comunicaciones rota, y como castigo, el profesor me hizo copiarla exactamente igual, a mano: con sus cuadrículas, su tipografía, cada detalle. Fue un ejercicio que, en lugar de castigarme, me hizo entender que mi manera de estar en el mundo pasaba por la mirada.
Parecida a tu relación con el diario, un soporte fundamental en tu trayectoria
Fue una mezcla de intuición y búsqueda consciente.
En los 80´s el papel de diario era algo muy presente en la vida cotidiana. Me interesaba su tipografía, las imágenes, los textos, no tanto por su contenido literal, sino por su composición, por la manera en que se organizaban visualmente las tramas y los contrastes.
Por otro lado, el diario contiene la información cotidiana de un país, una narrativa oficial de lo que ocurre. Al intervenir ese material, manipulándolo físicamente y también resignificándolo, propongo otras formas de leer y de mirar esos textos. Me interesa liberar al texto de su significado literal para transformarlo en sensaciones, texturas, volúmenes. Y también poner en cuestión qué es lo que se ve, qué es lo que se quiere ver y qué es lo que se dice realmente.
Además del diario, aparecen otros materiales, pero siempre con un sentido muy controlado. ¿Cómo decides cuándo incorporar algo nuevo? ¿Te interesa la experimentación o prefieres profundizar en lo que ya conoces?
Ha sido un proceso muy personal, donde uno es lo que hace y hace lo que es. Por eso, el trabajo ha ido evolucionando de manera natural, sin una planificación estricta.
Incorporo nuevos materiales cuando aparecen de forma orgánica en mi camino. Por ejemplo, la cerámica llegó junto con la amistad y hoy forma parte de mi lenguaje. No hay un control ni una búsqueda calculada.
¿Pasa del mismo modo con las formas? Me lo pregunto por tu empleo recurrente del círculo
El círculo representa una especie de contradicción. Pienso que lo más importante es el acto de hacer, más que la reproducción de una imagen. Para mí, la imagen no es el fin, sino una consecuencia del proceso.
Sin embargo, para hacer líneas, puntos o espirales, necesito un contenedor que me permita distinguir figura y fondo. Por eso surge el círculo, que es una forma mínima o esencial… es apenas una línea que se cierra sobre sí misma.
Dentro de ese contenedor desarrollo distintos procesos que son el corazón del trabajo. El círculo es también una consecuencia de ese mismo hacer, que a veces se manifiesta como forma concreta y otras como una unidad mínima, en la que intento armonizar contrastes y diferencias, produciendo una imagen en la que las partes revelan la estructura que las sostiene.
Y junto a eso, tu dibujo tiene una notable precisión. Es lineal, repetitivo… pero también muy rítmico. ¿Cómo vives esa relación con la repetición? ¿Es algo meditativo, estructural, casi obsesivo…?
Me interesa destacar el proceso en sí mismo. Una parte fundamental de ese camino es la huella que va quedando, el rastro del tiempo y del trabajo. Es una práctica basada en el rigor, en la dedicación, en la «hora hombre». La perseverancia, la minuciosidad y la insistencia se vuelven visibles. Ese hacer repetitivo y constante termina convirtiéndose en un material más dentro de la obra.
Muchas veces tus obras parecen situarse en un límite difuso entre el dibujo, la pintura y la escultura. ¿Tú cómo lo ves? ¿Piensas en categorías o simplemente trabajas?
Las categorías no son lo importante. Trabajo con lo que tengo a mano, sin prejuicios. Lo que realmente me importa es cómo puedo hacer una obra, cómo sostenerla en el tiempo, cómo habitar ese proceso con honestidad.
Es un esfuerzo constante por mantenerse fiel a lo que uno busca expresar. Por eso las clasificaciones pierden relevancia.
Algunas de tus obras son muy austeras, en blanco y negro o con una paleta mínima… pero de repente hay piezas donde el color irrumpe con fuerza. ¿Cómo decides cuándo y cómo usarlo?
El color es un tema complejo para mí. Mi lenguaje es mucho más gráfico, más cercano al blanco y negro, a los valores tonales, a los contrastes. Me resulta natural moverme en ese registro, quizás porque mi formación visual tiene una raíz más monocroma.
Cuando el color aparece en mi trabajo, es un desafío. No es algo que fluya fácilmente, sino un elemento que me confronta, que me exige buscar nuevas respuestas.
No se trata de “colorear” una obra. Al contrario, lo que busco es que el color surja como una consecuencia del proceso mismo. Que no sea un añadido, sino una necesidad.
Al mirar tu trabajo se percibe mucho control… pero me imagino que el proceso a veces te sorprende. ¿Cómo te llevas con el error o el azar? ¿Dejas espacio para que el material te lleve a otros lugares?
Cuando me enfrento al trabajo, parto con una idea vaga, una intuición sobre cómo abordar el proceso. Pero es en el camino donde realmente se construye la obra. En ese momento aparece la impronta humana, la torpeza física, el desajuste inevitable entre lo que uno aspira a hacer y lo que efectivamente puede hacer. En ese cruce, entre la intención y la limitación del cuerpo, es donde ocurre lo real. Ese encuentro es el presente, el momento preciso en que la obra nace. Ahí está lo vivo, lo irrepetible, algo que no existía antes. Es el resultado del choque entre lo que imaginamos y lo que realmente podemos hacer con nuestras manos.
Y en esas “ideas vagas” de las que hablas ¿existen referentes, artistas que te han marcado?
Me gusta la utopía que propusieron los suprematistas rusos, especialmente Malevich. Su obra “Blanco sobre blanco” me conmueve, porque logra hacer una síntesis extrema, una imagen que se niega a sí misma, que intenta pintar sin pintar, representar sin mostrar. Es una especie de contradicción radical que abre un espacio poético y conceptual muy poderoso.
Por otro lado, creo que cada tendencia responde a un tiempo determinado y que hay una cadena invisible que las conecta. Valorar ese recorrido es fundamental. El renacimiento, el cubismo, el arte cinético, el conceptual… todos esos momentos han dejado una huella que se manifiesta de algún modo en lo que somos hoy.
He tenido la suerte de conocer a artistas que admiro mucho, como Matilde Pérez y Ricardo Yrarrázaval con quienes generamos una sintonía muy especial. Sus obras han sido parte de mi formación.
Finalmente, creo que todo lo que somos ahora, es el resultado de esa suma, de esa historia compartida.
¿Y el espectador? ¿Piensas en él mientras trabajas?
Trabajo desde una lógica que no está determinada por el gusto del otro ni por la necesidad de aceptación. Para mí, lo esencial es profundizar en una construcción íntima, que nace de una conciencia personal y de un compromiso honesto con el hacer.
Sin embargo, me gustaría que el trabajo resuene en las personas. Esperaría que lo que hago pueda generar un sentido en quien lo observa.
¿En qué estás ahora? ¿Hay proyectos nuevos en camino?
Mi proyecto es un continuo de investigación. No busco sorprender con algo novedoso; lo que me mueve es seguir desarrollando un lenguaje propio. Cada tres o cuatro años, cuando veo que realmente hay algo que mostrar, algo que ha madurado en el taller, hago una exposición.
Por otro lado, hace años que trabajo con niños, personas mayores y personas en situación de discapacidad, en fundaciones, universidades y municipalidades. En esos espacios invito a distintos artistas chilenos a compartir sus procesos creativos, para que la gente pueda conocerlos, conversar con ellos y acercarse al arte desde la experiencia directa.
