Andrea Carreño creció en una casa de pintores. Su padre, Mario Carreño, su madre Ida González, no solo tenían colgadas sus propias obras en casa, también las de otros artistas. Casa museo. Sin duda, ese ambiente en el que se respiraba arte, nutrió desde niña, la visión y el imaginario de esta artista que ha hecho del tiempo y el espacio coordenadas esenciales. Y es que, desde sus inicios, sus pinturas han estado pobladas por arquitecturas en las que el ojo transita libremente y los objetos y decorados son una sucesión de estilos y épocas dispares. Desde los interiores burgueses decimonónicos hasta amplias estancias de la antigüedad romana. Aquellas imágenes de rico y controlado colorido, invitan al espectador a imaginar los relatos posibles que ocultan esos edificios parlantes. Objetos, muebles, decoraciones retratan la personalidad de unos personajes casi siempre ausentes. Como si la pintora practicara un interiorismo metafísico.
Su muestra “Cronograma” vuelve a esas coordenadas y evidencia otra vez, la importancia decisiva que juegan en la obra de la artista los viajes y la memoria.
Andrea, tu obra transita entre lo real y lo ficticio con un sello que se aproxima al “realismo mágico” en sus versiones europeas o latinoamericanas ¿Cómo definirías tu lenguaje visual y qué te llevó a desarrollarlo?
Yo definiría mi lenguaje como un tipo de pintura figurativa de carácter onírico, cercana al surrealismo. Donde lo real y lo ficticio se mezclan como en los sueños creando nuevas realidades. Partí hace mucho tiempo (desde que salí de la escuela de arte) jugando con las perspectivas de modo que lo que yo necesitaba expresar pudiera caber en ese reducido espacio bidimensional del cuadro, forzando las geometrías de los espacios arquitectónicos para crear escenarios muy personales, casi como diarios de vida visuales. Luego fui incluyendo el grafito y el carboncillo para poder presentar realidades paralelas que subsisten en un mismo plano, creando un diálogo entre las diferentes técnicas.
Hay diferentes técnicas y diferentes geografías. ¿Qué huella han dejado tus viajes en tu obra?
Partiendo por Chile no puedo dejar de mencionar que viví y crecí rodeada de obras de arte, no solo de mis padres, ambos pintores, sino que también de muchos artistas. Muchos de ellos amigos de mis padres. Luego el pasar por la Escuela de Arte me marcó mucho sobre todo por las influencias que estaban en boga esos años, los 80. Como la transvanguardia italiana y los artistas de la nueva figuración.
En Italia pude recorrer los museos y conocer de cerca a los grandes maestros del renacimiento y los pintores modernos metafísicos como Carlo Carrá y Giorgio de Chirico. Yo vivía en Milán, ciudad muy famosa por el arte conceptual, pero del que personalmente soy bastante lejana. En cambio, había una incipiente vuelta a la pintura figurativa, que era lo que realmente me interesaba. Entonces de alguna forma se fue mezclando mi estilo con todo lo que iba absorbiendo visualmente, más mi bagaje cultural y artístico.
En Francia viví muchos años en Paris. Nuevamente pude estudiar de cerca a los grandes maestros y artistas que siempre fueron muy importantes para mí. Además, tuve la oportunidad de conocer a muchos otros que desconocía. Por otro lado, mientras descansaba de mi trabajo de taller me iba a las galerías de arte contemporáneo para ver qué estaba pasando en el ámbito de las artes visuales. Entonces, de algún modo mi pintura se enriqueció con toda esa información plástica y cultural.
¿Qué artistas en particular?
De los clásicos puedo mencionar a Courbet, Poussin, Corot, Da Vinci, Bellini.
Los modernos: Matisse, Braque, Picasso, De Chirico, Carrá, Balthus, Joseph Cornell.
Los contemporáneos: David Hockney, Gerard Garouste, Adrian Ghenie. William Kentridge.
Puedo decir que Adrian Ghenie fue un descubrimiento muy importante. La forma magistral en la que trabaja la pintura me impresionó y me inspiró a trabajar la pintura de otra forma, dejando que ésta fluya más libremente.
Ghenie partió con una pintura que podríamos calificar de histórica y que sin duda debía mucho a Bacon. Sus cuadros se construían como collages, en base a fotos y fragmentos pintados. ¿Cómo partes con los tuyos?
Todas esas imágenes parten generalmente desde la realidad. Parto de un lugar, una sensación o una emoción experimentada en un momento y espacio determinado. Luego se vuelven recuerdos, hago dibujos y busco en las fotografías tomadas de esos lugares. Con el tiempo esos recuerdos comienzan a mezclarse y cuando llega el momento de pasarlos a la tela se han convertido en un conjunto de espacios y momentos mezclados en una sola superficie.
Una superficie, pero no una sola técnica. Sueles combinar dibujo y pintura
Con la pintura logro plasmar lo que se podría decir que es la realidad, o una realidad aparente. Con el dibujo siento que puedo resaltar más los volúmenes. Pero el hecho de contraponerlas en una sola superficie hace que ambas técnicas dialoguen al unísono. Ambas técnicas son desafiantes, pero siento que la pintura es más compleja y más completa.
¿Y cómo organizas tu trabajo?
Entro temprano al taller, digamos que, de lunes a viernes y parte del sábado. Empiezo un cuadro o sigo el que estaba pintando, cuando estoy saturada de verlo y trabajarlo, lo doy vuelta por un tiempo y sigo trabajando en otro. Generalmente pinto varios cuadros a la vez. Cuando tengo una exposición se podría decir que los termino todos juntos.
Siempre hago un trabajo previo, es decir, hago dibujos y esquemas de un posible cuadro. Cuando ya estoy segura de un boceto lo llevo a la tela.
Y lo que aparece suele tener una resonancia narrativa. ¿Qué otros estímulos -además de la pintura- alimentan tu obra?
El cine siempre ha sido un espacio de inspiración para mí al poder entrar en un espacio ficticio y sentir que estoy ahí. También caminar por calles y recorrer arquitecturas intrincadas y antiguas. Sentir el paso del tiempo en los muros de las casas viejas. Los viajes son muy importantes, es ahí donde encuentro cosas desconocidas y estímulos nuevos.
En estos años, ¿cómo dirías que ha cambiado tu obra? ¿Hubo un punto de inflexión en tu carrera?
Mi obra ha ido cambiando paulatinamente, no he tenido cambios bruscos, más bien, ha sido un desarrollo que ha ido de acuerdo a las vivencias y a la madurez. Ha sido un fluir en el tiempo, y mi pintura es un reflejo de lo que he ido viviendo. Creo que hubo un factor que desencadenó un cambio importante en mi modo de pintar, fue cuando conocí México. El experimentar y vivir un tiempo en esa cultura tan fuerte, dinámica y diferente a lo que había conocido me dio nuevos impulsos en mi trabajo.
Y pudiste conocer otras escenas artísticas. ¿Cómo navegas entre lo personal y las expectativas del mercado o las instituciones?
Es algo que he tenido presente desde siempre, he tratado de mantenerme fiel a lo que necesito plasmar en la pintura, sin esperar mucho del mercado. Es un equilibrio difícil, pero la pintura y vivir de ella definitivamente es un gran desafío. El incursionar en el grabado o los collages es una buena forma de navegar por el mercado más fácilmente.
Con toda esa experiencia ¿qué cambios relevantes notas en las nuevas generaciones de artistas? ¿Y en el público?
Bueno, el uso de las redes sociales es algo que ha revolucionado el cómo se maneja la difusión del propio trabajo. Las galerías y las plataformas online también han sido un gran avance. Y al haber más difusión también hay más público. Lo que también es cierto es que no hay mucho lugar para la crítica, es decir, hay mucho de todo y no muchas formas de categorizar toda esa información.
Para cerrar ¿Cómo describirías tu próxima exhibición en Galería AMS?
Mi exhibición que se titula “Cronograma” es como una sucesión de varios eventos diferentes que ocurrieron en un tiempo determinado y que me han marcado de cierta forma. En estos puedo incluir cambios de vida personal, lo cotidiano dentro de una larga estancia y viajes también. Se podría decir que es un reflejo de lo vivido en Chile desde que volvimos de Paris. Con Francia e Italia bastante presente con toda mi simbología.
En esas pinturas están plasmados aquellos eventos, en cada cuadro existe una visión íntima cargada de una iconología personal que narra historias personales que viví en ese lapso de tiempo. En ellas hay un relato visual muy rico de personajes, lugares y objetos que conforman y crean un lenguaje muy propio, formando atmósferas que recuerdan a los sueños, donde confluyen la realidad y la ficción. En mis cuadros el espectador es invitado a recorrer esos lugares y a encontrar dentro de ese lenguaje una propia voz.
